viernes, 19 de agosto de 2011

Todos los caminos llevan a Roma



Historias como esta comienzan un día cualquiera después de selectividad, con la gente bufando y dando patadas en el suelo como un toro antes de embestir. Concretamente esta, comienza un día 18 de junio a las 4 de la mañana en un autobús, y, como era de esperar, empieza con retraso, demos gracias a AENA.
A cosa de las 7 u 8, sabe Dios, subidos en un avión en el que reina la calma, encontramos a nuestros protagonistas acompañados del señor Coca, denominado así por su triunfante entrada/salida del baño.
FLASHBACK
-Ten cuidado, no sea que te salga una cuca de por ahí del lavabo
-¿Cuca?¿COCA?¿COQUI-COQUI-Gritos y desvaríos varios e irreproducibles seguidos de una risa maléfica?

Cabe destacar que nuestro amigo cayó rendido sin haber siquiera montado en el avión casi. Llegamos allí a Roma, ciudad de ladrones, tramposos y traidores, con toda la tardanza del mundo, y nos decidimos a ir al hotel/residencia, lo que fuese. Cuando, tras la imposible división de la masa que éramos en grupos inconcebibles para las habitaciones, quedamos 4 renegados de los 7 hombres que éramos, nos decidimos a marchar a nuestros aposentos, mayor fue la sorpresa. Seguía yo la estela de nuestra venerada empleada del hotel, tras dos pisos, un largo pasillo, otro que giraba, unas escaleras que bajaban, unas escaleras que subían, un pasillo oculto tras una maraña de arbustos y unas escaleras que volvían a bajar, llegué mal y precipitadamente a la conclusión de que nos habíamos perdido, pero no, estábamos en nuestra habitación. Situada en un recinto totalmente separado del resto, con una cancela propia que daba al exterior del hotel, es decir, a la puta calle, con buenas vistas, amueblada, dos habitaciones y un baño. Por un momento llegué a pensar que la llave estaría escondida en una caverna a la que tendría que bajar con la luz de una antorcha y elegir entre dos puertas, teniendo una de ellas un león. 

Y allí estábamos, los 4 jinetes del Apocalipsis, los caballeros de la discordia, encerrados en una habitación con nuestros queridos vecinos incapaces de bajar una puta maleta sin arrastrarla por las escaleras y despertar a todo el mundo posible a las 5 de la mañana. Evidentemente, lo primero que hicimos con perversión y decadencia, fue coger municiones: unas cervecillas para echar la noche, tarde, étc. 

No olvidemos que Roma, con su historia y cultura, es un lugar precioso, bonito, y todas esas cosas. El Coliseo estaba cojonudo para tener una excusa y levantar el brazo sin que nadie te dijese nada. Digo yo.

Eso sí, decían los sabios que todos los caminos llevan a Roma, pero lo que no sabían es que todos los caminos que llevan a Roma acaban en los Museos Capitolinos. Tres bodas vimos las tres veces que pasamos, y a la tercera, alguien dijo: “su puta madre, ya podría tocarnos un funeral”, y así fue en las catacumbas…
Sin embargo, en una de aquellas muchas visitas, nos perdimos, como debería ser habitual en un viaje al extranjero. Desde el museo a Víctor Manuel, llegamos allí, de alguna manera, po
siblemente a través de un agujero de gusano o similares. Volvimos escasos 15 minutos tarde, soportando el griterío de los alarmados profesores, pero…Valió la pena.

Centrémonos en la noche. No en una noche cualquiera en las praderas verdes romanas. No. En ESA noche, concretamente. Hasta entonces la destrucción había seguido senderos presuntamente dentro del equilibrio entre la humanidad y la decadencia. Ese día, hicimos la compra de nuestras vidas, con un frigorífico como el de Nicholas Cage en Leaving las Vegas, que decían por ahí. 

Pero la vida es joven, y ese día prometía, por lo que decidimos hacer la fiesta padre aprovechando las 3 horas de autobús para dormir con motivo de la visita a Florencia. Salimos nocturnamente al Trastevere romano, o las dos calles llenas de bares, generalmente, gays.
 
Una copichuela en un garito currísimo, y un par de chupitos por ahí hasta que llegó el líder, el cappo, el boss, y nos llevó al peor sitio del mundo entero: San Calisto. 

En efecto, un bar totalmente reventado, donde probamos la magia del Amaro italiano, el cual, en un primer momento, esa noche pareció lo más normal del mundo. Una delicia del nuevo mundo. Y ahí, empezó la decadencia.



Llegamos al hotel con un cocimiento respetable, y el demonio esperaba con los Doce Apóstoles entre las manos, impaciente por la que se nos venía encima. Como gotas de lluvia caían los litros de cerveza en el torrente sanguíneo, y así pasó, que las fotos resumen toda la noche.





Pero peor fue el viaje a Florencia, ya que no contábamos con que el autobús seria tan movidito, ni que tendríamos una resaca como la que llevábamos encima. Eso fueron tres horas luchando contra el propio cuerpo para no vomitar como aspersores…El fin.
Eso sí, Florencia es un sitio precioso, no nos engañemos.



Y el viaje lo podría terminar aquí perfectamente, porque la última noche, por desgracia, fue lamentable, así que, eso fue todo. Niños, tened cuidado con Roma, que es un lugar muy peligroso.


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