-Vamos
a apostar.
-¿El
qué?
-Tu
vida.
-¿Así
de simple?
-Si.
Jugamos. Yo gano, mueres. Te vienes conmigo. Tu ganas, eliges. Vives o mueres.
Tu decisión.
El
hombre miró al río, impasible una vez más. Quizás pensaba en su vida. En la
apuesta que debía aceptar o rechazar. Cualquier cosa podría estar en su cabeza
en ese momento. Quizás pensaba que si aceptaba, podía elegir entre su perdición
o su salvación, a gusto del consumidor. Pero si rechazaba posiblemente todo
estaba perdido.
La
muerte, mientras tanto, esperaba impaciente, haciendo rechinar sus dientes
mugrientos, con la mirada conteniendo toda la rabia del mundo. Aún sabiendo que
a aquel hombre no le quedaban muchas opciones, seguía estando en tensión.
-¿Y
Qué? ¿Qué más condiciones tenemos?
-¿Cómo?
– preguntó la muerte desconcertada
-Si.
¿Cómo nos la jugamos?
-Eliges
tú.
-¿Un
ajedrez?
-Una
mierda. Después de la última la lié mucho. Nada de jugarse vidas en partidas de
ajedrez.
-Cartas
no, ¿no?
-¿Estás
de coña?
-¿Piedra,
papel o tijeras?
-Basta.
-Lo
siento.
Casi
cómicamente, ningún juego parecía lógico para jugarse una vida. Allí seguían
ambos ofreciendo ideas que a ninguno satisfacían. Y continuaban
interminablemente sin llegar a un acuerdo.
-¿Cara
o cruz?
-¿Cómo?
– Preungtó la muerte como si hubiese visto la luz
-A
cara o cruz. Nos la jugamos con una moneda.
-ME
parece razonable. Sencillo, fácil y sin trampas. Cara, yo gano. Cruz, la
victoria es tuya.
-Vale.
Acepto.
Y
aunque pudiese ser lo normal al aceptar un trato con la muerte, no salió sangre
de ningún sitio, ni risa maléfica, ni llamaradas. Al contrario, aquel señor con
traje incluso se puso nervioso. Porque sabía que podía perder. No había
estrategia posible.
El
señor tranquilo del río, se tomó un rato de reflexión, hasta que la muerte
interrumpió su encuentro con su mente para decirle:
-¿Tienes
una moneda? He salido de casa sin suelto….
-Toma.
– y le dio una moneda que podía significar su vida o su muerte.
-La
lanzo yo. Ya sabes los términos. No hay vuelta atrás – Y sonrió- ¿Nervioso?
-Al
contrario que tú, yo no tengo nada que perder. Si gano, puedo hacer lo que
quiera. Pero si pierdo ya estoy igual de perdido que al principio.
Y
antes de que pudiese seguir hablando, la muerte lanzó la moneda. Se elevó por
el aire, y no fue a cámara lenta. Subió y cayó antes de que pudieran parpadear.
Como si hasta la gravedad estuviese impaciente por saber el resultado. Y la muerte
recogió la moneda con sus manos. Mostró el resultado y la decepción y la ira se
mezclaron en su rostro, cuyos ojos parecía iban a estallar en cualquier
momento.
-Cruz.
Tú ganas…
La
muerte permaneció en silencio. El otro hombre también.
-¿Qué?
¿No vas a regodearte? ¿No celebras tu victoria sobre la muerte? – Dijo la
muerte, indignada.
-No.
Voy a seguir aquí. Mirando como el río pasa.
-¿Eso
es todo? ¿He perdido para que te quedes ahí sentado? – Gritó la muerte,
iracunda.
-Sí.
No sólo has perdido. Sino que he conseguido hacerte perder un valioso rato de
tu tiempo. Has estado aquí parado, sentado a mi lado intentando engañarme. No
has podido. He ganado. Tú has perdido mucho más de lo que yo tenía en juego.
Pero también yo quería engañarte. Confiaba en que pudieses ver lo que yo veo.
EN mirar ese rio y ver todo lo que hay en él. En ver la vida de verdad. No
quiero disfrutar la vida destruyéndome, ni saliendo a descubrir el mundo.
Prefiero el mundo que hay en este lugar. Este pequeño trozo de mundo para mi. Porque
en él hay más vida que en muchos otros lugares. Eso, todo lo que ahora ves, es
vida. Y tu, que tan obseso estás con acabar con todo, porque es tu deber, no
has podido verlo. Ahora has perdido. Fuera de aquí. No puedes llevarte nada. No
tienes nada que hacer.
La
muerte se levantó despacio, intentando no resoplar de ira. La sangre, si es que
tenía, le debía estar hirviendo. Sus ojos solo reflejaban odio.
-¿Has
ganado? ¿Eso crees? No puedes escaparte. Hoy has perdido. Pero llegará un día
que no sea caritativo y me pase a verte antes de tiempo. Llegará tu hora,
porque todos morís. A todos os llega el momento. Y cuando te llegue no habrá
apuestas posibles. No tendrás oportunidades. Y morirás, y te vendrás conmigo. Y
te enseñaré mi poder, como aplastarte y hacerte sufrir. No te vas a librar.
Porque volveré a por ti. Cualquiera de estos días.
Dijo,
orgulloso de su amenaza, y se dio la vuelta, esperando haber aterrado a su
presa.
-Vuelve
cuando quieras. Yo seguiré aquí. Sentado. Si avisas antes, te prepararé algo de
merendar. Buena suerte con la vuelta a casa, perdedor.
El
hombre sonrió, y siguió allí, tranquilo. La muerte, por su parte, gritó de
rabia, y siguió andando por el mismo camino por el que había venido....]
Y sabéis de esos días raros, raros de cuidao, que hace un Sol que te cagas. Un día soleado, con un calor destructor, que no te apetece hacer nada, y te da por pensar. Y piensas, lo cual es un error.
PENSAR ES SIEMPRE UN ERROR
Y miro por la ventana pensando en la solana que hace, lo bonito que es el día y la mierda que es para mi. Porque ese Sol que resplandece en lo alto, que alumbra e ilumina nuestras vidas, a mi solo me quema la piel, me hace daño, me abrasa. Me da dolor de cabeza de tanto pensar.
Y en ese Sol sobre el cielo busco una luz, mi luz, en todos esos rayos, esperando que alguno venga y me golpee sin dañarme. Pero cada uno es peor que el anterior. Y allí sigo mirando por la ventana, mientras mis lágrimas se secan con el calor, como si fuesen de piedra, como si no sintiese más que dolor.
Lo bien que se viviría en una noche tranquila, con la brisa golpeando en la cara con delicadeza, oculto, bailando bajo la luz de la luna. Pero no.
Las noches de bailar con la luna llena, de aullar, se han acabado. Se acabaron hace tiempo. El mismo día que el Sol salió para brillar más que nunca y no volver a irse jamás. El mismo día que el Sol decidió reírse de mi mientras me quemaba la piel sin compasion, y yo le mirabas cara a cara desafiante, pensando que ni él ni nadie me podían hacer daño sin ver que estaba ardiendo, y que de tanto mirarlo, me estaba quedando ciego. Y no vi que perdía todo lo que tenía.
Y así, ciego como estaba, sin ver nada de mi alrededor, me quede con las manos vacías y quemadas, y el Sol se rió más alto que nunca cuando a ciegas me arrastraba por la oscuridad. Buscando una mano que me ayudase, un apoyo en ese lado oscuro, alguien que me arrastrase y me dijese que estaba ahí para mi.
Que me agarrase para no perderme del todo, sin importar el hoy, el ayer o el mañana porque todo empezaba en ese momento que me quedé ciego. Ciego de Palomitas. Y todo el futuro era el pasado y el pasado no existía más, porque sólo habia oscuridad. Ven, y sálvame de la oscuridad, decia, por favor.
.
Y alguien, me arrastró, en su momento, fuera de la oscuridad. Pero seguía sin ver. Y no supe quien era. Pude recordar su olor, su voz, sus caricias en algun momento. Pero las he olvidado. Sólo se que lo hizo, y no se lo pude agradecer más. La oscuridad podría haberme destruido, haberme perdido por ahí, pero no lo consiguió. Y esa mano, quien fuese, me sacó de allí.
Y me vi quemado, esperando de nuevo en ese día soleado. Con los ojos ciegos de tanto mirar al Sol y pensar que era alguien cuando no era nadie.
Así que allí estaba perdido en ese día soleado. Cazando las nubes que se dispersaban por el cielo intentando tapar el Sol a ciegas, intentando que empezase a llover, pero no lo conseguía.Y me sentía solo, sin ayuda para parar ese tormento solar que me hacñia daño en las quemaduras. Hasta que por fin se puso a llover. Al principio cayeron cuatro gotas, que me aliviaron las heridas. Y poco a poco, según se nublaba, empezó a llover más. Llovió mucho más sobre mi.
Y vi que aunque el día estuviese entre nublado y soleado, seguía lloviendo. Sin parar. Y disfruté de la lluvia. Me puse las gafas de Sol para que no me hiciesen más daño en los ojos. Me limpié el agua de la cara,que de nada sirvió porque seguía empapado, y eché a andar, pensando otra vez, porque me da por pensar, que quizás la lluvia no sea tan mala, y el mismo agua que me apaga las heridas sea el que me renueva por dentro dandome vida. Porque al fin y al cabo, los días de lluvia, no son tan malos...
Y calado como estaba, riendome, volví a vivir, porque siempre, siempre, aunque te queme el Sol, aunque te quedes ciego, aunque no puedas caminar por las heridas, la calma llega después de la tormenta, y te puedes levantar, maletrecho, y empezar a andar. Porque nadie, ni nada, te puede parar.
Pero aún así, pensar en mis heridas, porque soy igual de terco que siempre, y si veo una puerta roja, la quiero pintada de negro, porque tengo la cabeza preparada para resistir todo tipo de contraindicaciones. Así que, por mi heridas, por mis tonterías, tener un poco de compasión por Bruno Diaz...
..---------------..
La vida cambia después de muchas copas, después de las experiencias cercanas a la muerte, y después de que tu profesor, hablando de la desaparición misteriosa de objetos en la facultad, justificandolo con la crisis, los malos tiempos que corren, diga que, Paloma, a robar carteras....
Si es que ya ni enseñando en la universidad te libras. A robar carteras, se ha dicho...Triste es pedir.
PERO MÁS TRISTE ES ROBAR.
Muchos abrazos con los brazos, gentuza.
Hasta la próxima!
Que sepas que me encantó tu entrada de hoy.
ResponderEliminarUna de las mejores.